Dónde el tiempo del planchonero no es el tiempo del citadino.

Durante una jornada trabajando como planchonero en Montería, entendí que sobre el río el tiempo se vive distinto. Mientras la ciudad corre con afán, el planchón avanza al ritmo del agua, entre pasajeros, calor, monedas y un oficio duro que aún mantiene viva una tradición silenciosa del Sinú.

Autor: Ana María Oviedo Santacruz – Estudiante de Comunicación social de tercer semestre.

A las siete y media de la mañana, el río ya estaba despierto. No hizo falta que alguien me lo dijera, bastaba con mirar el movimiento acelerado de las personas esperando cruzar en el planchón: estudiantes con el uniforme todavía arrugado, hombres con bolsos llenos de polvo rumbo al trabajo, mujeres cubriéndose del sol apenas naciente. Mientras la ciudad parecía correr, el río iba a otro ritmo.

Ese día llegué donde don Miguel, un hombre conocido por mi hermano y querido con nosotros, pero sobre todo conocido por quienes cruzan el río todos los días. En Montería hay oficios que parecen invisibles hasta que uno depende de ellos. El planchonero es uno de esos. Está ahí desde antes de que la ciudad termine de despertar y sigue ahí cuando todos ya regresan a casa, moviendo personas de un lado al otro como si también moviera el tiempo.

Lo primero que pensé al subirme al planchón fue que el calor sería insoportable. El sol apenas comenzaba y ya me quemaba la piel como una advertencia de lo que sería el día. Pero ya arriba del planchón, sobre el río, el clima era distinto. El aire golpeaba fresco y constante, como si el Sinú respirara despacio debajo de nosotros. Sin embargo, al momento resultaba irónico escuchar a la gente llegar diciendo que venía “muerta del calor”, porque bastaban unos segundos en medio del agua para sentir alivio.

Entonces entendí que el río también cambia la forma en que uno habita la ciudad. Apenas comenzamos, apareció un hombre vendiendo tintos. Don Miguel compró uno sin pensarlo mucho. Parecía parte de un ritual silencioso: empezar la mañana con café antes de empezar a mover vidas de un lado al otro.

Observaba todo intentando adaptarme al ambiente, aunque en realidad me sentía fuera de lugar. No sabía manejar el planchón. No entendía todavía cómo manejar el equilibrio en el planchón, ni cómo leer el ritmo de quienes esperan cruzar. Mi trabajo terminó siendo mucho más simple de lo que pensaba: recibir monedas, acomodarlas rápido y devolver una que otra vuelta mientras el planchón seguía avanzando lentamente.

Pero incluso haciendo tan poco, el cuerpo empezaba a jugarme una mala pasada. Con el paso de las horas, el movimiento constante del agua comenzó a marearme. Había momentos en los que sentía que el río seguía moviéndose incluso cuando llegábamos a la orilla. Miraba el celular para revisar la hora y me sorprendía descubrir que apenas habían pasado unos minutos. En el planchón el tiempo se estira. Se vuelve espeso, lento, casi inmóvil.

Y ahí apareció la verdadera diferencia. El tiempo del planchonero no es el tiempo del citadino.

En la ciudad, todos parecen vivir persiguiendo el reloj. La gente llega con prisa, pregunta cuánto falta, mira hacia la otra orilla con impaciencia. A veces incluso presionan porque el señor del planchón espera a alguien más antes de arrancar. Yo misma lo hice muchas veces antes de vivirlo desde este lado: desesperarme porque el cruce tardaba demasiado, sentir que perder cinco minutos era perder el día entero.

Pero arriba del planchón la lógica cambia. El tiempo no lo marca el reloj sino el río. Hay que esperar a que suba la gente, a que el planchonero se suba, a que el agua permita avanzar. Todo ocurre sin afán. El planchonero entiende algo que la ciudad olvidó hace mucho: no todo puede acelerarse.

Mientras yo intentaba adaptarme al ritmo de las personas, don Miguel parecía adaptado al ritmo del río. Estaba tranquilo, acostumbrado al sol, al movimiento del agua y a las mismas caras de cada mañana. Había algo profundamente digno en eso. Algo silencioso.

Porque, aunque muchos ven el planchón solo como un medio para cruzar, detrás hay un trabajo duro y poco valorado. Un oficio invisible que también representa una tradición de Montería. El planchonero no solo transporta personas; sostiene una relación antigua entre la ciudad y el río. Y quizá por eso, al final de la mañana, terminé viendo el oficio de otra manera.

Sí, me mareé. Sí, terminé cansada aun cuando apenas recibía monedas. Pero también sentí algo difícil de explicar: el privilegio de recorrer el río lentamente, de mirar Montería desde el agua y entender por unas horas que hay vidas enteras moviéndose a un ritmo distinto al mío. Cuando bajé del planchón, la ciudad seguía corriendo igual que siempre. Solo yo había cambiado un poco.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *