Samir Bula, el último eco de las teclas
A un lado de la Catedral San Jerónimo, en el centro de Montería, un escribiente conserva, frente a su vieja máquina de escribir, la memoria de un oficio que resiste al paso del tiempo y a la era digital.
Por: Maikel Ochoa Suárez (*)
Mientras en Olímpica Stereo sonaba un vallenato de esos viejos, que al juntarlo con los 30 grados de temperatura de la mañana hacen el ambiente en el centro de Montería, el sonido de una máquina de escribir se mezclaba con los pitos de los mototaxis y el ruido del tráfico de la mañana. Tac, tac, tac. Al lado derecho de la Catedral San Jerónimo, sentado en una silla de metal bajo el techo cubierto por una enredadera, don Samir Bula comenzaba otro día de trabajo.
A las 7:30 de la mañana llegó con la máquina de escribir al hombro. La acomodó en el mesón de cemento con baldosas viejas, puso su vaso plástico con café al lado derecho y empezó a leer el periódico mientras esperaba clientes. Vestía un polo amarillo, jean azul envejecido y un accesorio llamativo eran los dos lapiceros que llevaba colgados en el cuello con una pita. Cuando escribe, mueve la pierna derecha como si el ritmo le ayudara a concentrarse para escribir mejor.
El ambiente olía a cigarrillo. Cerca de él, varios señores conversaban recostados sobre el mesón mientras la emisora seguía sonando de fondo. A ratos, las voces de la radio se juntaban con las noticias que comentaban los hombres del parque, comentando sobre la muerte de Germán Lleras, el final del cambio radical o cualquier tema que hablaran en esa conversación de esquina.

Una máquina vieja, gris, con partes blancas ya desgastadas y algunas teclas sin color, él la describe como su novia, su esposa,su mujer. Moviendo los dedos con agilidad sobre el teclado. La pupila de sus ojos iba de lado a lado siguiendo la hoja mientras el carro de la máquina se deslizaba de derecha a izquierda y volvía otra vez. Solo se escuchaba Tac. Tac. Tac.
“Jefe, a la orden… bienvenidos, buenos días”
Repetía muy amable don Samir cada vez que alguien se acercaba.
Cuando no tiene clientes, mira hacia los lados con impaciencia esperando que alguien llegue. A veces se levanta a saludar a otros trabajadores del parque, sonríe, camina, ayuda o incluso le juega el baloto a la señora de enfrente. Parece conocer a todos los que pasan por ahí.
En algunos ratos, cuando está desocupado, mira con detalle la calle, los estudiantes afanados, los vendedores de Tigo, las personas que pulen zapatos y las palomas que vuelan por el parque. Luego organiza las dos sillas plásticas color rojo frente al mesón y suelta un bostezo antes de repetir otra vez “jefe, a la orden”.
Ese día, don Samir estaba cumpliendo años. Parece que nadie en el parque lo sabía, solo lo delató la alegría que su cara reflejó cuando le mostraba el mensaje de su hijo a la señora que pule los zapatos. Era un video con la canción de cumpleaños de Diomedes. Ese fue el momento en que más sonrió en toda la mañana. Sus ojos se llenaron de lágrimas de alegría y, después, continuó trabajando, aprovechando que llegaba un nuevo cliente.
Esa mañana solo tuvo tres clientes en una hora. Uno de ellos llegó angustiado, contándole un problema personal. Don Samir apenas asentía con tranquilidad mientras escuchaba, como si además de escribir documentos también le tocara cargar con problemas de otros. Luego buscó hojas nuevas, “recargó la papelería”, fijó la hoja en la máquina y comenzó a escribir un nuevo documento con el ceño fruncido y una gran concentración.
En pleno centro de Montería, aunque ahora el mundo está rodeado de trámites digitales y máquinas modernas, él sigue escribiendo cartas y documentos en una máquina vieja. Como si el tiempo, junto a la catedral, todavía sonara en teclas.
