Esta crónica narra la experiencia vivida en el camino de educar para aprender. El Semillero Reporteros UNISINÚ emprendió su serie de talleres de periodismo 2026-1 en la institución educativa Alfonso Spath Spath. Entre dinámicas, teoría y práctica se vivió un ciclo escolar integral. Al finalizar quienes más aprendieron fueron quienes buscaban transmitir la transversalidad de conocimientos.
Por: Semillero Reporteros Unisinú grupo focal cuarto semestre
Entre pupitres, polvo y nuevas voces En el corregimiento de Martínez, en el municipio de Cereté, el calor de las mañanas parece quedarse suspendido sobre los techos de zinc, las mañanas parecen despertar más lento. El sol cae sobre los patios polvorientos de la Institución Educativa Alfonso Spath Spath mientras el murmullo de los estudiantes llena los pasillos con una energía inquieta, casi eléctrica.
“El periodismo se aprende cuando uno se encuentra con la gente, observa, visita el lugar de la historia y vive la experiencia en todos los sentidos” aquella frase parece reconocer en esencia lo mencionado durante varios semestres por nuestro docente, Ramiro Guzmán y ahora formaría parte de la práctica, de esa realidad humana.
Allí, entre pupitres desgastados, ventiladores que apenas vencían el calor y miradas curiosas, comenzó una experiencia que transformó, por segunda vez, tanto a quienes enseñaban como a quienes aprendían. Se escribió el último capítulo de nuestra historia en el semillero Reporteros Unisinú.
El proyecto llevaba por nombre “Educar para aprender desde el periodismo”, una frase que al inicio parecía únicamente el título formal de una iniciativa académica. Sin embargo, con el paso de los talleres, terminaría describiendo exactamente lo que viviríamos.
El rector de la institución, Manuel Arteaga Cuadrado, nos recibió el primer día con una sonrisa serena y una voz que transmitía orgullo. Mientras el viento recorría los pasillos del colegio y algunos estudiantes observaban curiosos, habló sobre el vínculo construido entre la universidad y la institución: “Prácticamente una alianza con la Universidad del Sinú que nos ha beneficiado a nuestros estudiantes. Hoy la institución educativa Alfonso Spath Spath tiene un centro de interés desde la comunicación que nos ha desarrollado parte de los estudiantes: las emisoras, el periódico, todo relacionado con la comunicación social”.
Las primeras lecciones bajo el calor de Martínez
El primer taller estuvo dedicado a las redes sociales. El salón permanecía iluminado por una luz amarillenta que entraba a través de las ventanas abiertas. Los ventiladores giraban lentamente sobre nuestras cabezas mientras los estudiantes escuchaban atentos. Algunos escondían la risa detrás de los cuadernos; otros miraban con curiosidad las cámaras y equipos que llevábamos.
Hablamos de TikTok, Facebook e Instagram, pero también del peso de una publicación, de la responsabilidad que implica comunicar y de cómo las redes pueden servir no solo para entretener, sino también para informar y transformar comunidades.
Con el paso de las semanas llegaron los talleres de prensa escrita, radio, televisión y fotografía. Cada encuentro tenía su propio ritmo y su propia magia.
Un salón lleno de historias
El tema del día era prensa escrita, una de las actividades más esperadas porque, al final, cada estudiante tendría la oportunidad de construir una noticia propia.
Al llegar a la Institución Educativa Alfonso Spath Spath nos encontramos con un cambio inesperado: el salón habitual estaba ocupado y tuvimos que trasladarnos a un espacio cercano a rectoría. Aunque al principio la logística nos desordenó un poco, logramos reorganizarnos rápidamente y entendimos que el verdadero valor del taller no dependía del lugar, sino de la experiencia compartida dentro de él.
Para romper la timidez inicial comenzamos con actividades lúdicas que ayudaron a crear un ambiente más dinámico y cercano. Poco a poco el salón se llenó de risas, conversaciones y disposición para participar. Entonces llegó el momento de la teoría: hablamos sobre qué es una noticia, la diferencia entre informar y opinar, la estructura de la pirámide invertida, el lead y la importancia de un buen titular.
Más adelante dividimos a los estudiantes en grupos y cada equipo eligió un tema para redactar su propia noticia. Debían crear un titular y un lead aplicando todo lo aprendido. Mientras trabajaban, el salón se llenó de borradores, discusiones y preguntas. Algunos grupos tenían dificultades para sintetizar sus ideas, mientras otros avanzaban con una seguridad sorprendente.
Al finalizar, cada equipo leyó su trabajo en voz alta y entre todos analizamos los textos, señalando aciertos y aspectos por mejorar. Más que corregir errores, el ejercicio permitió que los estudiantes entendieran el periodismo desde la práctica, descubriendo poco a poco la importancia de contar historias de manera clara, precisa y humana.
A las once de la mañana guardamos los materiales, nos despedimos de los estudiantes y emprendimos el regreso. En las mochilas iban las hojas del ejercicio, las rúbricas y esa sensación particular que deja un taller que funcionó, no la de haber dado una clase perfecta, sino la de haber dejado algo que antes no estaba. Una herramienta. Una pregunta. La posibilidad, para esos jóvenes, de que la próxima vez que les pasara algo digno de contar, supieran por dónde empezar. Dos semanas después volveríamos. Esta vez, con micrófonos.
El día en que el aula sonó a radio
Desde el momento que agarramos la buseta en la esquina de la farmacia la botica en la calle 41, en nuestra mente no se muestra otra cosa que no sea la llegada al colegio, esa sensación de emoción explota cuando llegamos al salón y nos reciben los estudiantes con un saludo que llega al corazón.
Aquella mañana del 10 de abril, mientras el sol calentaba y el viento se metía por las ventanas de la buseta camino a Martínez, algunos mirábamos por la ventana como cada árbol se queda atrás, otros repasaban mentalmente lo que dirían frente a los estudiantes. El trayecto parecía corto, pero la tensión lo hacía largo.
Al llegar al colegio, el ambiente se llenó de energía. Los chicos nos recibieron con sonrisas un poco tímidas, pero curiosas, de esas que poco a poco se transforman en confianza. El salón aunque sencillo, estaba lleno de voces, miradas atentas y ganas de aprender.
Ese día llevamos un invitado especial: Luis Eduardo, “Lucho” quien desde el primer momento logró captar la atención de todos. Con naturalidad, les habló sobre el funcionamiento de la radio, cómo detrás de cada programa existe preparación, disciplina y pasión. Entre explicaciones y ejemplos, también les enseñó algunos ejercicios para calentar la voz antes de hablar frente a un micrófono, mientras los estudiantes repetían sonidos y trabalenguas entre risas y concentración.
Por un instante, el salón dejó de ser solo un aula de clases y se convirtió en una pequeña cabina de radio donde los chicos se preparaban simulando la entrada al aire, acompañada de las carcajadas que tardaron en llegar al ver como el pequeño estudiante “Zorro” intentaba contar hasta 100 sin respirar.
El ambiente era agradable, las preguntas, las ideas y las respuestas flotaban en el aire, y ahí fue cuando respiramos profundo y sentimos satisfacción porque los estudiantes estaban felices poniendo en práctica el conocimiento aprendido.
La última captura del recorrido hacia Martínez
Llega el último taller y nos llena de melancolía ya que finaliza la etapa del semillero. Volver a la Institución Educativa Alfonso Spath Spath sabiendo que sería la última vez nos hizo mirar distinto los pasillos, los salones y hasta el calor inmenso que siempre nos recibía en Martínez. Pensar que esa era la última vez nos llenó a todos de nostalgia porque a pesar de los problemas vivimos muchas experiencias que quedarán en cada uno de los que estuvimos presentes.
Ese viernes llegamos y empezamos con nuestros dos temas que eran fotografía y televisión, un tema que los estudiantes nos pidieron desde que comenzó el proyecto, muchos se entusiasmaron porque llegó el tema que más les gustaba, todos pusieron mucha atención y se dedicaron solo a escuchar.
En el espacio de la actividad muchos participaron porque les interesó mucho, a medida que íbamos explicando cada tema a cada uno se le generaba una duda de cada tema porque querían entender de donde provenían y cuál era el papel fundamental en el tema de comunicación.
El ambiente tenía algo difícil de explicar: era alegre, ruidoso y lleno de entusiasmo, pero al mismo tiempo estaba atravesado por una nostalgia silenciosa que aparecía en pequeños momentos. Tal vez era porque todos sabíamos que aquel era el último encuentro. Aun así, los estudiantes seguían llegando con la misma energía de siempre.
Las risas recorrían el salón, las conversaciones se mezclaban con el sonido de la cámara y mis compañeros acompañaban cada actividad intentando que nadie se quedara por fuera. Entre bromas, indicaciones y comentarios improvisados, el hielo terminó de romperse y el aula volvió a sentirse cercana, cálida, casi familiar.
Luego hicimos una actividad y dividimos varios grupos que cada uno se encargaba de un contenido diferente ya que ese día hicimos unas grabaciones para el video final, muchos lo disfrutaron y ahí se dieron cuenta de las cualidades que tiene cada uno para seguir con este proyecto.
Había algo profundamente conmovedor en observar cómo iban perdiendo el miedo.
El docente Alex David Medellín Mendoza veía en ese proceso una continuidad de los años anteriores: “Muchas de las capacitaciones emprendidas por la Unisinú por los estudiantes han servido para que los estudiantes sigan su proceso. Ya hay algunos que tienen sus páginas en Facebook, en TikTok, otros ya han salido para la universidad e inicien una trayectoria en la sociedad”.
Pero mientras ellos crecían, nosotros también cambiábamos.
Al terminar la jornada nos reunimos para despedirnos de ellos y dar por terminado el taller, al culminar eso, entre todos nos reunimos con nuestro líder a hablar como había terminado la jornada y que nos pareció el taller del día.
Finalmente todos nos despedimos, cada quien emprendió nuevamente su viaje para luego de este último taller organizarnos para nuestro día esperado “La Clausura” porque queríamos que todo saliera exitoso.
Cuando enseñar también nos enseñó
Aprendimos a trabajar en equipo incluso en medio del cansancio. Aprendimos a improvisar cuando fallaban los equipos o cuando las actividades no salían como las planeábamos. Aprendimos a escuchar historias ajenas y entender que el periodismo no consiste únicamente en hablar, sino también en observar con sensibilidad.
Con el paso de los meses, el semillero dejó de sentirse como una actividad extracurricular universitaria. Se convirtió en un espacio de crecimiento humano.
Entre viajes, talleres y reuniones, nosotros también fuimos construyendo nuestra propia historia como grupo. Compartimos estrés, nervios, madrugadas y silencios largos después de jornadas agotadoras. Poco a poco dejamos de ser simplemente compañeros de clase para convertirnos en un equipo unido por algo más profundo: el deseo genuino de aportar desde la comunicación.
Pero la despedida definitiva llegó días después, durante la clausura del semillero en la Universidad del Sinú.
Esa mañana los pasillos universitarios parecían distintos. Todo parecía ir más lento, más silencioso, incluso con el tránsito habitual de los universitarios por el lugar. Sobre las mesas descansaban cámaras, certificados, llaveros y recuerdos acumulados durante meses. En una pantalla se proyectaban imágenes de los talleres: estudiantes sonriendo frente a los micrófonos, dinámicas grupales y momentos que hasta entonces no habíamos dimensionado del todo.
Había una nostalgia difícil de ocultar.
Algunos reían recordando anécdotas de los viajes. Otros observaban las fotografías en silencio, como intentando retener cada instante antes de que terminara. Y fue entonces cuando comprendimos cuánto había significado el semillero para nosotros.
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