Sala de cirugía

Estar frente a un quirófano despierta un sinnúmero de emociones. La hija del doctor Vicente Arelis Romero Chávez, Ana Guadalupe Romero, ofrece un testimonio de una intervención quirúrgica.

Por María Guadalupe Romero Rojas (*)

Montería (Córdoba)

Llevaba puesta un pijama a rayas y sus ojos soñolientos demostraban el cansancio arrastrado por sus días de turno, otras personas probablemente saldrían ese viernes por la noche, pero a eso de las 8:00 p.m, Vicente Arelis Romero Chávez recibió una llamada de la Clínica de Traumas y Fracturas.

-Doctor buenas noches, le habla el médico residente de turno para informarle que tenemos un paciente masculino de doce años de edad, en horas de la tarde sufrió traumatismo con manubrio al caer de su bicicleta.

En ese momento comenzó a formular todo tipo de preguntas para sí mismo, a qué hora había ocurrido el accidente? que tipo de lesiones presentaba el paciente? Al finalizar la

llamada, cambio su atuendo, tomó las llaves de su auto y mientras conducía me pregunté cómo podía lucir tan tranquilo.

-Cada vez que debo ir a operar, repaso una y otra vez los datos del paciente, luego intento distraerme con la cotidianidad de los habitantes monterianos: los autos, los ciclistas, que apropósito comparten mi pasión por el deporte.

Ya en la clínica baja del auto y cruza la puerta de la sala de urgencias. Un olor familiar a medicinas mezclado con el aire frio del lugar invadió el ambiente. Él se dirige con un ritmo rápido en sus pasos al médico de turno, quien le indica el camino hasta la sala.

Al entrar a la habitación, consigue a un niño con sus dos manos aferradas a un extremo del volante de una bicicleta de Cross y el otro extremo atravesaba su pantalón deportivo. El tubo estaba marcado por los dientes de una cierra casera. Camina rápido pero muy metódico en cada movimiento. De inmediato, dirige al paciente a sala de cirugías y busca al anestesiólogo a quien le explica la situación.

Luego pasa a la sala de vestuario para cambiar su ropa normal por un pijama quirúrgica e ingresar a la sala de operaciones, donde la instrumentadora prepara los instrumentos necesarios para el procedimiento. En unos pocos minutos, el anestesiólogo brinda al paciente una dosis de anestesia general balanceada que introduce entre sus venas, para luego sedarlo con una mascarilla que cubre su boca y nariz antes de esparcir la otra parte de la anestesia en forma de gas.

Posteriormente, Vicente lava sus manos con un jabón quirúrgico que esparce desde la yema de sus dedos hasta la punta de sus codas, dobla sus brazos en forma de uve al terminar y los mantiene así hasta recibir sus guantes de operación.

Ya es para él una rutina, por lo que lo hace con total naturalidad, de vez en cuando se permite dirigir un chiste o comentario a las demás personas dentro de la sala, esto les permite a todos relajarse un poco antes de iniciar.

A solo unos segundos de la operación, Vicente y Ana Consuelo, la instrumentadora, delimitan con campos estériles el área del cuerpo que será intervenida. Entonces, toma el manubrio color blanco que brota desde la cadera de aquel niño y comienza a tirar ligeramente de él. Parte de la ropa, sangre y gasas rodeaban la herida.

–¿Te voy recibiendo acá? – Sugiere Marlon, el anestesiólogo.

–Sí, si quieres tómale una fótico ahí – Respondió.

–No Doctor, tranquilo, estoy tomando un video.

Foto/Archivo particular

Conversaban como si estuvieran compartiendo un café a media tarde mientras el puño del volante salía del cuerpo del paciente, casi 15cm de hierro protagonizaban la sala de emergencias mientras el restante envuelto por bolsas estériles ya había sido desinfectado.

Finalmente, detuvieron la hemorragia, exploraron la herida y punzada tras punzada la saturación resultó exitosa. El paciente fue trasladado a sala de recuperación mientras Vicente le informaba a la mamá del paciente las buenas noticias.

Esta mujer de un metro ochenta y facciones indígenas, llevaba su cabello oscuro un tanto enmarañado como testigo de aquel contratiempo y su ropa colorida hizo juego con la sonrisa que se dibujó en su rostro al saber que todo estaba bien.

Una vez más, Vicente agradeció a Dios por su éxito, subió al auto y volvió a casa a las 12:30am para un merecido descanso. Se dio una ducha y vistió aquel pijama de rayas que había cambiado deprisa hace algunas horas.

Tomó su teléfono, lo puso a cargar con el sonido a todo volumen por si llegaba otra emergencia, dejo que se reclinara justo al lado de una muda de una camisa a medio doblar y un pantalón que, como era de costumbre, llevaba una correa puesta y una cartera en su bolsillo.

–¿Mañana a qué hora tienes clase? – Me dijo, con un tono algo preocupado.

–A las 7:00am, pero puedo llegar un poco tarde – Le respondí, sabiendo que eso lo relajaría un poco, aunque honesta mente era yo quien terminaría soñando con manubrios sangrientos.

–Está bien, buenas noches. Te quiero.

–Buenas noches papá, no olvides rezar. Y yo a ti.

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(*) María Guadalupe Romero Rojas, estudiante del grupo Reporteros Unisinú. Reportaje realizado en la asignatura de Periodismo II, presenta un reportaje en la categoría de lo Cotidiano.

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