Entre mujeres, tambores y nuevas generaciones, el bullerengue de Puerto Escondido permanece como una expresión de memoria e identidad que busca sobrevivir a los cambios del tiempo.

Por: Camila Andrea Causil Negrete y Yésica Paola Atencia Montes
La rueda: una noche mágica
Esa noche, como por arte de magia, habían quitado la electricidad. Y en la oscuridad absoluta aparecieron destellos de luces naranjas. Eran las muchachas alrededor de la fogata y sonrisas de sueños fugaces, bailando al compás de un llamador y de una voz melodiosa que estaba destinada al canto como casi todos los de su estirpe.
Fue entonces como si Macondo cobrara vida, como entender que la lucha negra había valido la pena y como una manera de seguir protestando contra el destierro inhumano de sus antepasados de África.

Era una rueda de bullerengue casi poética. ¿Y qué es el bullerengue? Se preguntarán aquellos que jamás han tenido la dicha de escuchar un tambor.
Pero es sencillo de entender: el bullerengue es cultura, la cultura es memoria y la memoria no puede morir cuando queda plasmada en cantos y bailes que van dejando pistas sobre la manera de vivir de aquel entonces.
Porque el bullerengue es una mezcla de ritmos e historias hereditarias, construyéndose a pulso dentro de sus comunidades. No nació de un día para otro ni puede atribuirse a una sola persona. Su historia se fue formando con el paso de las generaciones, especialmente entre comunidades afrodescendientes de la región Caribe colombiana, donde el canto, el baile y el tambor se convirtieron en formas de conservar una memoria que se negaba a desaparecer.
Sus raíces se encuentran en la historia de los pueblos afrodescendientes de la Costa Caribe colombiana. El canto, el baile y los tambores fueron también formas de conservar costumbres y memorias que pasaron de una generación a otra. Así, el bullerengue fue creciendo dentro de las comunidades, tomando sus propias formas y convirtiéndose en parte de la identidad de los territorios donde echó raíces.
En Córdoba, esa tradición encontró un territorio donde permanecer. Y entre los lugares que han hecho del bullerengue una parte de su identidad está
Puerto Escondido, un municipio donde el tambor no solamente se escucha: se aprende, se hereda y se lleva en el cuerpo.
Pero hubo un momento en que esa tradición necesitó algo más que la memoria de quienes la habían vivido. Necesitó un espacio para reunirse y ser reconocida. Ahí aparece Rodrigo Ramírez.
Rodrigo Ramírez es el fundador del Festival Nacional del Bullerengue de Puerto Escondido y compositor del bullerengue A pedirle a mi Dios. También es autor del libro Puerto Escondido, tierra de ensueño, y durante años ha recogido en sus palabras parte de la memoria de su pueblo. Su historia permite mirar hacia una época en la que el bullerengue se vivía de manera más íntima, dentro de las comunidades y lejos de los escenarios que hoy lo reciben.
La creación del Festival nació de la necesidad de rescatar una tradición que comenzaba a perder espacio frente a los cambios de la época. La idea era reunir aquello que ya existía: las voces de los cantadores, el sonido de los tambores y los pasos de quienes habían aprendido a bailar desde niños. Así, el Festival se convirtió en un lugar donde Puerto Escondido podía encontrarse con su propia historia.
Con los años, la celebración fue creciendo y el bullerengue comenzó a ser conocido por personas que llegaban desde otros lugares. Sin embargo, detrás de las tarimas y de la fiesta permanecía la misma razón que le dio origen: mantener viva una tradición que había sido construida mucho antes de que existiera el Festival.
Las mujeres que entraron a la rueda
Y para entender esa tradición hay que hablar de quienes durante mucho tiempo ocuparon un lugar fundamental dentro de ella: las mujeres.
Xiomara Marrugo Galvis nació en Puerto Escondido y desde muy pequeña sintió gusto por la danza. Tuvo la oportunidad de estudiar en Cartagena y posteriormente se graduó como licenciada en Educación Infantil en la Universidad de Córdoba. Su relación con la música, sin embargo, comenzó mucho antes de cualquier formación académica. Su madre es cantautora y su abuelo, Narciso Galvis, fue artista y músico de Los Padillas, una de las primeras orquestas de Puerto Escondido.
En su familia, la música era parte de la vida cotidiana y de la memoria familiar. Por eso, cuando comenzó a interesarse por el bullerengue, no estaba entrando en un mundo completamente desconocido. Estaba acercándose a una tradición que ya estaba presente en su propia historia.
Pero la historia de las mujeres dentro del bullerengue tiene un episodio que Xiomara recuerda especialmente. En los comienzos de Puerto Escondido, el bullerengue era conocido como “canto de macho”, porque eran principalmente los hombres quienes cantaban y participaban en las ruedas. Hasta que, según cuenta, apareció una mujer conocida como la Mona Álvarez.
La historia cuenta que la Mona Álvarez se puso una botella de ron sobre la cabeza y entró a bailar en medio de la rueda. Su presencia llamó la atención de las demás mujeres y algunas comenzaron a entrar también, incluso movidas por los celos. Poco a poco, las mujeres fueron ocupando un espacio que antes parecía reservado para los hombres, hasta convertirse en una parte esencial del bullerengue.
Aquella entrada a la rueda significó mucho más que un momento de baile. Las mujeres comenzaron a ser cantadoras, bailarinas y transmisoras de una tradición que aprendían de sus madres y abuelas. Fueron ellas quienes conservaron canciones, pasos e historias que pasaron de una generación a otra.
Moraima es una de esas mujeres que crecieron con el bullerengue como parte de su vida. Actualmente es profesora de danza en la Universidad del Sinú y en el año 2000 fue reina del Festival de Bullerengue. Pero su historia comenzó mucho antes de aquella corona, cuando sus padres descubrieron que tenía aptitudes para el baile.
“Mis padres vieron que yo tenía actitud para bailar y decidieron encaminarme por allí”, recuerda Moraima.
A partir de entonces, la danza comenzó a ocupar un lugar importante en su vida. Fue creciendo y aprendiendo de muchas mujeres que también habían encontrado en el bullerengue una forma de expresión y una manera de conservar la tradición. Para ella, el papel femenino dentro de esta manifestación cultural ha sido fundamental, porque las mujeres han estado presentes no solamente en el baile, sino también en la transmisión de los conocimientos que permiten que el bullerengue siga vivo.
Esa transmisión ocurre muchas veces sin necesidad de una escuela. Los niños aprenden observando a los mayores, escuchando las canciones y siguiendo los movimientos de quienes llevan años bailando. Por eso Moraima sostiene que en las comunidades donde el bullerengue forma parte de la vida cotidiana, casi todos saben bailar. Es una tradición que se aprende estando cerca de ella, hasta que deja de sentirse como algo que se está aprendiendo y comienza a sentirse como algo propio.
Entre esas personas que han dedicado su vida a conservar esa memoria también están las matronas. Ellas guardan canciones, historias y formas de bailar que no siempre están escritas en ningún libro. Su conocimiento vive en la memoria y se transmite cuando una generación escucha a la otra.
Pero toda tradición que permanece también enfrenta el paso del tiempo. Y ahí aparece una preocupación que Juan Miguel Ramírez conoce desde su propia experiencia.
Juan Miguel es odontólogo de profesión y nació en Puerto Escondido. Sin embargo, antes de dedicarse a la odontología, creció rodeado del bullerengue. Desde niño lo escuchó en su familia y fue formando una relación con esa música que no nació de una decisión consciente, sino de la convivencia cotidiana. Para él, el bullerengue siempre estuvo allí, arraigado en su vida y en sus recuerdos. Precisamente por haberlo conocido desde pequeño, Juan Miguel también siente que con los años el bullerengue ha ido perdiendo parte de su esencia. No considera que las nuevas formas de interpretarlo sean necesariamente negativas, porque entiende que cada territorio puede darle su propio significado y adaptarlo a su cultura. Sin embargo, insiste en que también es importante recordar cómo se tocaba el bullerengue autóctono de Puerto Escondido.
Según explica, esa forma tradicional está construida alrededor de cuatro elementos: la totuma, el llamador, el alegre y las palmas o las tablas. En otros lugares se han incorporado nuevos instrumentos, haciendo que el sonido cambie de acuerdo con las características de cada comunidad. Para Juan Miguel, esa diversidad puede existir, pero sin olvidar la raíz de donde proviene.
Su preocupación no está solamente en los instrumentos. Está también en las nuevas generaciones. Los jóvenes escuchan reguetón, música urbana y otros ritmos que hacen parte de su época, y eso no tiene por qué ser un problema. El verdadero peligro, piensa, sería que esos nuevos sonidos terminaran haciendo que los jóvenes olvidaran los propios.
Porque conocer otros ritmos no debería significar desconocer el propio.
Sin embargo, mientras algunos miran con preocupación el futuro de esta tradición, otros jóvenes están demostrando que el bullerengue todavía puede encontrar nuevos caminos.
“La cultura debe prevalecer, nosotros tenemos que conservar lo nuestro”, afirmó Juan Ramiírez.
Los jóvenes que la mantienen viva
Rosaima es una de ellas.
Estudiante de Comunicación Social de la Universidad del Sinú y bailadora de bullerengue, decidió acercarse a esta expresión cultural desde muy pequeña. Con el tiempo comprendió que aquello que comenzó como una forma de bailar también era una manera de acercarse a sus raíces.
Para Rosaima, la cultura debe prevalecer porque es propia. El bullerengue no representa solamente una música o una danza, sino un rasgo que permite reconocer aquello que pertenece a una comunidad y que ha sido transmitido de generación en generación.
Su relación con el bullerengue tuvo uno de sus momentos más especiales en 2026, cuando participó en ASCUN junto a un grupo que llevó esta expresión cultural a la competencia universitaria. El resultado fue una victoria.
Pero ganar no fue lo único importante.
Para Rosaima, aquel momento significó poder llevar su cultura a otro escenario, representarla frente a otras personas y, al mismo tiempo, ser reconocida por hacerlo. El bullerengue podía salir de los espacios donde tradicionalmente se había desarrollado y llegar a una competencia universitaria sin perder el significado que tenía para quienes lo bailaban.
“Fue una experiencia que nunca jamás voy a olvidar”, afirmó Rosaima con emoción en su mirada y agregó: “hicimos sacrificios pero valió la pena porque ganamos”.
También reconoce la fuerza de la mujer dentro de esta manifestación. Una fuerza que ha estado presente desde aquellas primeras mujeres que se atrevieron a entrar en las ruedas hasta las jóvenes que hoy toman el bullerengue y lo llevan consigo a nuevos escenarios.
Rosaima sabe que actualmente existe una presión para apoyar aquello que está de moda. Las nuevas generaciones están rodeadas de ritmos que aparecen, se transforman y desaparecen con rapidez. El bullerengue, en cambio, tiene detrás una historia mucho más larga.
Pero para ella no se trata de rechazar los nuevos sonidos. Se trata de no olvidar los propios.
Y en esa tarea también han aparecido iniciativas dentro de la Universidad del Sinú. Se han realizado rondas y ruedas de bullerengue en las que los estudiantes tienen la posibilidad de acercarse a esta expresión cultural. Espacios que, según Rosaima, demuestran que existe un esfuerzo de algunos jóvenes por mantener viva una tradición que podría parecer lejana, pero que todavía encuentra personas dispuestas a aprenderla y mostrarla.
Porque una cultura también puede permanecer gracias a quienes deciden acercarse a ella.
Por eso considera que el futuro del bullerengue depende, en buena medida, del esfuerzo de los jóvenes que quieren mostrar esta expresión cultural. No necesariamente de todos, pero sí de aquellos que comprenden que bailar, cantar, investigar o simplemente participar en una rueda puede convertirse en una forma de conservar la memoria.
Quizás esa sea también la razón por la que Rodrigo Ramírez decidió convertir una tradición que vivía en las comunidades en un festival; por la que las matronas han conservado durante años sus cantos y sus pasos; por la que Moraima aprendió desde niña a bailar y terminó convirtiéndose en reina; por la que Juan Miguel insiste en que no se debe dejar atrás la esencia del sonido que aprendió a reconocer desde pequeño; y por la que Rosaima, junto a otros jóvenes, continúa llevando el bullerengue a espacios nuevos.
El bullerengue ha cambiado, como cambian todas las expresiones que sobreviven al paso del tiempo. Ha llegado a escenarios, ha viajado a otros territorios y ha conocido nuevas generaciones. Pero debajo de todos esos cambios permanece una pregunta: cuánto puede transformarse una tradición antes de dejar de parecerse a aquello que la hizo nacer.
Quizás no exista una respuesta definitiva.
Tal vez conservar una tradición no significa impedir que cambie, sino lograr que, aun después de transformarse, quienes la practican puedan reconocer en ella la historia de quienes estuvieron antes.
Aquella noche, sin embargo, no parecía importar demasiado la respuesta.
La electricidad había desaparecido y las velas iluminaban los rostros de las muchachas mientras el tambor seguía marcando el ritmo. Allí estaban las mujeres, los cantos y los pasos que durante generaciones han servido para contar una historia que no necesitó quedarse escrita para sobrevivir.
Quizás por eso el bullerengue se parece tanto a la memoria.
Puede cambiar de escenario, puede encontrarse con nuevos sonidos y puede ser interpretado por nuevas generaciones, pero siempre necesita regresar a quienes lo aprendieron primero.
Y también necesita a quienes quieran aprenderlo después.
Porque mientras haya una matrona que recuerde una canción, una mujer que enseñe un paso, un músico que conserve el sonido del tambor y un joven que quiera aprenderlo, aquella historia seguirá teniendo una voz.
Docente Editor: Ramiro Guzmán Arteaga.