En el Asilo Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Montería, la vejez se vive de distintas maneras. Algunos llegaron sin familia, otros después de perderlo todo y otros encontraron allí un lugar donde sentirse seguros. Entre rutinas, recuerdos y nuevas oportunidades, cinco voces permiten conocer las historias que habitan detrás de sus puertas.

Por: Claudy Giraldo Ramos y Laura Londoño Blandón
El silencio es lo primero que se percibe al entrar al Asilo Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. No es un silencio completamente vacío. Hay conversaciones que aparecen entre los adultos mayores, algunos pasos, alguna risa que rompe por momentos la tranquilidad, pero todo ocurre a un ritmo diferente al de las calles de Montería. Hay zonas verdes y un salón donde se reúnen los residentes durante buena parte del día. Algunos permanecen en sillas de ruedas, otros tienen dificultades para recordar, reconocer situaciones o mantener una conversación y también están quienes todavía conservan con claridad sus recuerdos y pueden regresar, a través de sus palabras, a momentos de una vida que comenzó mucho antes de cruzar las puertas del asilo.
Entre ellos está Efrén. Nació en Antioquia, pero llegó a la Costa en 1978 y, después de tantos años, dice sentirse un costeño más. Su llegada a Montería ocurrió casi por casualidad: vino a la ciudad para una feria ganadera y lo que comenzó como una visita terminó convirtiéndose en una vida entera. Le gustó Montería y decidió quedarse. Durante sus años de juventud trabajó en lo que encontraba. Pasó por bares, billares y diferentes oficios que le permitieron sobrevivir y pagar la habitación donde vivía. Pero la edad comenzó a cambiarle las posibilidades. Llegó un momento en que el dinero que conseguía apenas alcanzaba para pagar el lugar donde dormía y, si pagaba la habitación, no tenía con qué comer. La elección era tan sencilla como dolorosa: techo o comida.
Efrén también tuvo que enfrentarse a dificultades que iban más allá del dinero. Durante algunos momentos de su vida se sintió profundamente mal y llegó a pensar en quitarse la vida. Su fe católica, inculcada desde pequeño, permaneció como una de las cosas a las que podía aferrarse. En medio de sus dificultades acudía a la Catedral de Montería y esperaba que abrieran sus puertas para rezarle al Divino Niño. Cuando ya no sabía qué hacer, buscó al rector de la Pontificia Universidad Bolivariana, con quien tenía contacto, y le contó que no tenía trabajo ni un lugar donde vivir. La recomendación fue que acudiera al asilo. Así llegó el 19 de junio de 2014, aunque entonces tenía 60 años y, según le explicaron las religiosas que estaban a cargo del lugar, la edad mínima para ingresar era de 65 años. Su situación, sin embargo, terminó siendo escuchada y logró quedarse.
Desde entonces, el lugar empezó a formar parte de su vida. Hoy su rutina comienza cuando la mayoría todavía duerme. A las cuatro de la mañana Efrén se levanta, reza y barre. Después ayuda a algunos de sus compañeros que necesitan asistencia para movilizarse o realizar determinadas actividades. Su forma de vivir la vejez también demuestra que dentro del asilo no todos necesitan lo mismo. Algunos requieren acompañamiento constante, mientras otros todavía encuentran la manera de colaborar con quienes los rodean. Marcela, la psicóloga, conoce esas diferencias de cerca. Ella explica que su trabajo no es sencillo, pero que ama hacerlo. Conversa con los adultos mayores, está pendiente de cómo se sienten y organiza actividades que buscan que puedan compartir, distraerse, reír y sentirse acompañados. Para ella, no se trata solamente de atender sus necesidades, sino de procurar que dentro del lugar también encuentren cariño y compañía.
La rutina está presente incluso en los momentos más básicos. Los adultos mayores reciben desayuno, media mañana, almuerzo y una última comida a las cuatro de la tarde. Después de esa hora no se entrega otra comida formal y quienes quieren comer algo más tarde pueden recurrir a galletas u otros alimentos que tengan guardados. Para Efrén, estos horarios ya son parte de su vida cotidiana. Quizás por eso habla de ellos con naturalidad, porque para alguien que alguna vez tuvo que decidir entre pagar una habitación o comprar comida, saber que todos los días tendrá un plato servido significa mucho más que cumplir con un horario.
Él dice sentirse en la gloria. Tiene dónde dormir, tiene qué comer y todavía puede ayudar a otros. Después de tantos años, también encontró algo que antes parecía difícil de conseguir: seguridad. Por eso asegura que está amañado, que se siente pleno y que allí encontró las comodidades que siempre quiso para su vejez. Incluso imagina su final dentro del mismo lugar. Dice que de allí solo lo sacarán cuando llegue la muerte, como quien ya no ve esas paredes como una parada temporal, sino como el sitio donde quiere terminar sus días. Pero no todos los residentes sienten el asilo de la misma manera. Rafael, el portero, lleva tres años trabajando allí y conoce esa diferencia desde un lugar particular: la puerta. Su trabajo no consiste únicamente en controlar quién entra y quién sale. Ayuda al personal en distintas tareas y permanece atento a los adultos mayores. Por eso ha escuchado frases que muestran que para algunos quedarse no siempre es fácil. “Ábreme la puerta, me quiero ir”, le dicen algunas veces. Cuando llega un familiar de visita, algunos incluso aprovechan el momento para pedirle que los saque de allí. Rafael intenta tranquilizarlos y recordarles que están en un lugar seguro. Con los años se ha vuelto cercano a ellos y dice que permanece pendiente de todos, como una especie de red de apoyo que también hace parte de la vida cotidiana del asilo.
Las palabras de Rafael permiten entender algo que también se observa dentro del salón: no todos los adultos mayores tienen la misma capacidad para comprender su situación. Algunos presentan dificultades cognitivas y pueden desorientarse o expresar deseos que no necesariamente corresponden con lo que ocurre a su alrededor. Otros, como Efrén, mantienen una conversación, recuerdan fechas y lugares y pueden reconstruir con detalle los momentos que los llevaron hasta allí. Entre esas dos realidades se encuentra el trabajo de personas como Marcela, que busca que quienes tienen diferentes capacidades puedan participar de las actividades y sentirse parte de la comunidad.
También están quienes llegan con una historia todavía fresca. Nicanor Severiche Reyes llevaba apenas once días en el asilo cuando lo conocimos. Su llegada era reciente, pero su vida anterior parecía tener kilómetros de distancia. Es estilista profesional y vivió en España y París. Durante su trayectoria trabajó en el mundo de la belleza y contó que llegó a maquillar y arreglar a cuatro reinas de certámenes. También fue entrevistado por la BBC en español. Por las noches bailaba en establecimientos y, según nos contó, podía ganar entre cien y doscientos dólares en una noche. En Montería tuvo su propio centro de belleza y durante años llevó una vida que le permitió conocer lugares, personas y experiencias muy diferentes.
Pero una deuda que no era suya terminó cambiando ese panorama. Nicanor había sido fiador de una persona que no pagó y, según su relato, las consecuencias económicas terminaron afectándolo hasta dejarlo sin dinero y sin vivienda. Una tarde se sentó en la avenida Primera, cerca de la calle 27, a pensar qué iba a hacer. No quería quedarse esperando. Decidió buscar una solución y fue hasta la Alcaldía para preguntar cómo podía conseguir un lugar en un asilo. Alguien que estaba con él pensó que estaba loco por creer que lograría hablar con la esposa del gobernador, pero Nicanor insistió.
Finalmente consiguió hablar con ella y explicar su situación. Le dieron un papel con los nombres de las personas encargadas de los asilos y comenzó la búsqueda de un cupo. Primero apareció la posibilidad de Samaría, un espacio donde los adultos mayores pueden asistir algunos días de la semana para realizar actividades, pero Nicanor necesitaba un lugar donde pudiera vivir. En Nuestra Señora del Perpetuo Socorro había un cupo. Recogieron sus pertenencias en la residencia donde vivía y comenzó una nueva etapa.
A pesar de llevar tan poco tiempo allí, Nicanor no parece haber dejado su personalidad en la puerta. Se levanta, se arregla y cuida su apariencia porque siempre ha sido una persona pulcra y preocupada por verse bien. También conserva una manera de pensar que él mismo define desde la libertad. Es lector de la Biblia, pero recuerda una juventud en la que, según contó, llegó a ser uno de los primeros hombres travestis de Montería. La edad no parece haber borrado esa forma de entenderse a sí mismo. Ahora tiene alimentación diaria, un lugar donde dormir y personas pendientes de él. Todavía está adaptándose, pero dice sentirse tranquilo, bien atendido y seguro.

Ese cuidado cotidiano requiere de una estructura que muchas veces permanece invisible. Andrés, director del asilo, se encarga principalmente de la parte administrativa. Su trabajo está detrás de los alimentos, los suministros y todo aquello que debe llegar a los residentes para que puedan desarrollar su día a día. Como el asilo es una institución pública, también debe rendir cuentas ante la Alcaldía de Montería. Su responsabilidad lo lleva a ser reservado con las cifras y con la información relacionada con los adultos mayores.
Esa misma reserva explica una de las reglas que encontramos durante la visita: no se pueden realizar fotografías, videos o grabaciones de audio sin autorización. Andrés explicó que en ocasiones anteriores algunas actividades fueron registradas y luego publicadas en redes sociales con la intención de desprestigiar la labor que se realiza en el asilo. Por eso ahora cualquier registro debe contar con permiso. No se trata solamente de proteger el funcionamiento administrativo, sino también la intimidad de personas que, por su edad y sus condiciones, merecen que sus historias sean tratadas con cuidado.
La protección también fue fundamental durante la pandemia. El 20 de febrero de 2020, según nos contaron, el asilo se confinó para evitar que el COVID-19 llegara hasta los adultos mayores. Las visitas quedaron suspendidas y nadie podía entrar libremente. Los alimentos continuaban llegando, pero las familias tuvieron que permanecer afuera. En medio de ese aislamiento, uno de los residentes enfermó gravemente y tuvo que ser llevado a una UCI. Tenía alrededor de cien años. Los demás no podían ir a visitarlo ni acompañarlo en el hospital, así que solo podían esperar y rezar por él. El hombre logró sobrevivir y continuó viviendo algunos años más, hasta fallecer a los 104 años.
Hoy las puertas vuelven a abrirse para las visitas, pero no todos esperan a alguien. Algunos tienen familiares que llegan, conversan con ellos y comparten un momento. Otros no tienen una red cercana. También hay adultos mayores que han vivido situaciones de vulnerabilidad y que pueden llegar a estos espacios después de haber estado en condición de calle. Para ellos, el asilo se convierte en una oportunidad de tener alimentación, un lugar donde dormir y atención. Enfermeras, personal encargado de los alimentos, Marcela desde la psicología, Rafael desde la puerta y Andrés desde la administración forman parte de una estructura que busca responder a esas necesidades.
Al final, las historias de Efrén y Nicanor terminan encontrándose en un mismo lugar, aunque llegaron por caminos completamente distintos. Uno llegó después de no poder sostener una habitación y una alimentación al mismo tiempo; el otro llegó después de perder una vida construida entre Montería y Europa. Uno lleva años sintiendo que el asilo es su hogar; el otro apenas comienza a descubrir cómo será vivir allí. Rafael permanece atento a quienes quieren salir. Marcela busca que quienes permanecen encuentren razones para reír y compartir. Andrés cuida desde la administración aquello que muchas veces no se ve.
Cuando salimos, el silencio seguía allí. Pero ya no parecía vacío. Ahora estaba lleno de historias: la de un hombre que llegó desde Antioquia y terminó haciendo de Montería su hogar; la de un estilista que conoció París y tuvo que comenzar de nuevo; la de quienes todavía esperan una visita y la de quienes aprendieron a vivir sin ella. Quizás por eso las palabras de Efrén permanecen después de abandonar el lugar: cuando uno está joven, uno no cree que va a envejecer. Y mientras la ciudad continúa corriendo al otro lado de la puerta, allí dentro el tiempo parece caminar más despacio, dejando que quienes ya llegaron a la vejez sigan contando todo aquello que todavía tienen por decir.
Docente Editor: Ramiro Guzmán Arteaga.