Casa de Rodríguez Gacha

En uno de sus viajes por Colombia, la estudiante de periodismo Andrea Santana penetró a las profundidades de los llanos del Yari, en donde se encontró, casi fortuitamente, con lo que fue el poder de “El Mexicano”. Un lugar en la que mitos, realidades y esperanzas de un milagro se entretejen en un escenario de casas en ruinas, socavadas por quienes guardan la esperanza de encontrar una fortuna enterrada.

Por: Andrea Santana Olaya

Siendo las siete de la mañana emprendo el viaje desde San Vicente Del Caguán hasta lo más profundo de las sábanas del Yari, también conocido como los Llanos del Yari, una vasta zona de selva y sabana en la intercepción de los departamentos del Meta, Caquetá y Guaviare; un punto de encuentro en donde la palabra “Yari” parece simbolizar una marca en el imaginario colectivo: Yarí es uno de los miles de pájaros que conviven y hacen parte de la fauna silvestre en la zona, pero también El Yariseño, que es el baile típico, y “Yarí” es la empresa transportadora de pasajeros.

No sabía que me esperaba un trayecto de seis horas en carro, por una vía destapada pero bien cuidada y “peajes ilegales”, artesanales, hechos solamente con dos guaduas, una cabuya sucia por la tierra. Una carretera marcada por las huellas de los vehículos que por ahí pasan. A los lados de la vía solo se puede observar hatos llenos de ganado, corrales más grandes que las propias casas, algunos cultivos de plátano, yuca amarga para cerveza y maíz para el consumo.

Para llegar a nuestro destino pasamos por diferentes veredas, como Los pozos, donde hace meses hubo una crisis social y ambiental por la quema de una petrolera que no está en funcionamiento. Luego llegamos a Playa Rica, una vereda en la que se encuentran asentadas familias que se desmovilizaron de las Farc, lugar hasta donde parece llegar los últimos rezagos de la civilización, apenas representada en un dispensador de gasolina y hasta dónde escasamente llega la señal de internet. Y es que por estos lugares las poblaciones no cuentan con servicio de energía suficiente por lo que, además, desde que se entra a la selva, la señal del celular se pierde; aunque, con un poco de suerte, se llega a una de las fincas con paneles solares y se puede cargar el celular, que solo servirá para tomar fotos.

Inspirada por la curiosidad de todo lo que iba descubriendo a mi paso y por lo que aún me faltaba por descubrir. Muchas cosas me intrigaban, entre ellas el diseño de las casas, todas hechas en madera y de dos pisos, puentes en madera donde escasamente pasaba un carro o dos motos. Nos desplazábamos por una carretera que más parecía trochas permeadas por un barro rojo, en las que las haciendas estaban delimitadas por quiebra patas, para que no se pasará el ganado de una propiedad a otra. La selva es impresionante. Es lo más parecido a un mar de vegetación.  Pero las historias que allí se escuchan lo son aún más. A los pocos días de llegar las historias me llegaban sin estar buscándolas. Y son historias, y hay que contarlas.

Los mitos de un nombre que aún retumba

Hace mucho tiempo, cuando aún yo no había nacido, se dice que en las décadas de los 70 y 80, un nombre resonaba en Colombia, en la prensa, calles y países, el nombre de José Gonzalo Rodríguez Gacha alias “El Mexicano” ocupaba titulares de prensa. En las redes y plataformas lo identifican como un narcotraficante, terrorista, paramilitar y criminal colombiano, cofundador y cabecilla del Cartel de Medellín en cabeza de Pablo Escobar Gaviria. Eso ya nadie lo pone en dudas. Como también se sabe que esta zona fue escogida, inicialmente, por las Farc y luego por los narcotraficantes esto debido a la falta de control por parte del Estado. En fin, una historia que el país, conoce. Una historia llena de tomas, asaltos, quemas, violaciones.

No sabía que por la vía donde ingresé había sido la “Pista el Recreo”, una de las pistas utilizada por Gacha para el transporte de droga a las diferentes fronteras. Desde aquí, por donde íbamos, me contaban que despegaban y aterrizaban avionetas. Y esta, por donde se desplazaba el vehículo, era una pista que contó con el permiso por parte de la Aeronáutica Civil de Colombia. Incluso, dicen, que si se hace la gestión la pueden activar de nuevo porque, a pesar de ser de tierra, cuenta con las medidas y dimensiones de una pista de aterrizaje.

De modo que la curiosidad no se hizo esperar, y llegué a una de las tantas viviendas que tuvo Gonzalo Rodríguez. Tantos árboles, fauna y flora en ese lugar hacen dudar de que, hace muchos años, aquí, se hayan perpetrado los crímenes más atroces y aterradores. Que este fue un lugar en el que se hacían negociaciones en grande de las salidas de ganado y coca a diferentes partes del mundo.

Avanzamos por toda la selva a través de la trocha que se extendía hacia la espesura, pasando quebradas a través de puentes artesanales, caños y quebradas de aguas cristalinas y por donde solo se escuchaba el canto de los pájaros, el sonido de los árboles, ya que es una zona donde ventea todo el tiempo.

Llegamos a la una de la tarde. A esa hora solo hice un recorrido pequeño ya que en la mañana entraría a la casa abandonada. Un señor canoso, de avanzada edad, que casi no puede caminar, pero que conoce la historia desde los años de la guerra, me recomendó no entrar a la casa de noche. “No, por ahí no entre de noche, mejor mañana temprano, pero eso sí, siempre mirando al piso, no sea que vaya a haber una culebra por ahí enrollada. Mejor venga y le muestro por encimita. La casa era todo eso que usted alcanza a ver por fuera”, me recomendó.

El hombre señaló hacia donde estaban dos casas desvencijadas, con huellas de lo que había sido una especie de mansión fortificada, que había sido construida para, en los tiempos de mejor esplendor, soportar los embates de la guerra; y que ahora se hallaban en ruinas, en total abandono. Era evidente que conocía la historia de las casas y el entorno:  “la primera hacía de oficina y la otra era una casa en la que Rodriguez Gacha, El Mexicano, se quedaba cuando estaba en esta zona”.

Siguió explicando: “actualmente viven personas allí, en la que hacía de oficina, personas que se quedaron con partes de las tierras y propiedades de Gacha. Sí, se cree que dejó muchas propiedades, como más de 20 mil hectáreas, en que las que algunas fueron repartidas por la comunidad”. Desde donde él me señalaba se lograban ver solo las estructuras por fuera, con un color indescifrable y la maleza que la carcomía, que amenazaba con levantar el piso de cemento. Y por donde ahora brotaban lirios amarillos.

Lo que pudieron ser cuartos, baños, sala, cocina y a su alrededor huecos y no propiamente por el abandono. “Esos huecos – me explicaba el señor – son producido por personas que llegaron en busca de huacas, de entierros con muchos tesoros que, se dice, Gonzalo Rodríguez enterró en toda esa región, personas de otras partes de Colombia se han adentrado, incluso dejando veladoras y rezos para que Gacha les dé una señal de dónde está el dinero, mapas o papeles que supuestamente tienen la información de hacia dónde se consignaba él dinero sucio de la mafia.

El hombre hablaba sin parar, necesitaba ser escuchado por alguien. La noche se nos venía encima. No sentí miedo, solo mucha intriga y no podía creer que allí, donde ahora me encontraba y por los lugares en los que estuve, habían quedado muchas vidas inocentes. Un lugar de víctimas y victimarios. Inocentes y culpables. Y eso me hacía pensar en lo cruel que ha sido para algunos vivir en estas zonas llenas de conflicto. Trataba de recrear en mi mente todo lo que me decían, se me hacía casi imposible pensar que estaba en un lugar donde ocurrió tanta violencia.

Fantasmas en la selva

La esposa del señor me contaba que por los pasillos de esa casa se paseaba una mujer en tacones y que se escuchaban los pasos, pero los días que estuve nunca escuché nada. Me aseguró que “mi hijo la ha escuchado un par de veces pero que ya no le da miedo, ya se acostumbró”. Ahora que escribo esta crónica debo decir que dormí una noche en esa casa habían muchos murciélagos y me daba un poco de miedo pensar que alguien podría entrar o aparecer de la nada. Era un miedo terrenal, pero trataba de no pensar en eso.”.

Pase la noche en otra finca, a 30 minutos de dónde quedaba la finca de “El Mexicano”. Eran como las nueve de la noche, estábamos en la sala hablando, en un momento nos quedamos en silencio y de momento sonó la cuerda de una guitarra que estaba colgada en la pared. Para que yo no me asustará dijeron que había sido un pajarito que se había parado allí, pero – pensé – las cuerdas de la guitarra son muy duras como para que algo tan débil pudiera hacerla sonar. Entonces preferí guardar silencio, pero de lo que uno no sabe es mejor no hablar.

Los lugareños dicen que, si los asustan y escuchan sonidos, pero para ellos eso ya se volvió normal, incluso les dicen “dejen de molestar, déjenme dormir o quieren ver y no los dejo dormir yo a ustedes“.

Dicen que quizás hay muchas almas en pena por allí, en esa selva tan grande tuvieron que morir más de mil personas. Cada esquina, cada lugar de la casa era impresionante, su estructura es demasiado grande, el baño de la habitación de Gacha es gigante, un closet interno que -cuentan- era una de las tantas cajas fuertes del Mexicano, dice la gente que la casa tenía la madera más fina en los marcos de las puertas, contaba con tres entradas, baldosa de lujo pero todo esto fue robado por lugareños cuando la finca quedó en total abandono.

Aquí es muy difícil obtener testimonios que no sean anónimos. Una de nuestra fuente cuenta que una noche comenzó la guerra, solo se veían los helicópteros disparando como si no hubiera un mañana y los paramilitares corriendo por toda la selva tratando de salvarse, muchos quedaron enredados y colgados en los alambres de púas muertos y aun así los remataban para no dejar rastro alguno, fueron tres días de guerra donde el mejor escondite para los habitantes era estar debajo de sus camas.

Todas las personas de por aquí tienen algo que contar. “Salvé a un paramilitar que llegó a mi casa, no podía casi caminar lo ayudé, la ropa que traía la quemé y luego la enterré lo curé y cuando vi que se podía defender lo saque escondido hasta La Macarena para que se fuera de esta zona y se salvará, claro que tuve miedo, pero ya los días difíciles habían pasado”. Gacha contaba con el único corral hecho solo de cemento, varillas y rieles en Colombia, un corral que conectaba con una de las tantas pistas que se encuentran en la zona, donde exportaban ganado de calidad a otros países enviados en aviones, en la actualidad el corral aún sigue allí, en pie, la pista está totalmente tapada por la selva y al igual que la casa se encuentra lleno de huecos en busca del tesoro perdido. Nunca me imaginé ver un corral de tal magnitud, se ve que fue un diseño pensado estratégicamente para los negocios más oscuros, además quedaba cerca de su casa, podía ver la salida y entrada de su mercancía con facilidad.

Regresé de este lugar con una visión diferente, ver como la guerra oscureció ese lugar por muchos años y darme cuenta de que ahora los habitantes logran salir adelante y mostrar poco a poco los paisajes, bañaderos cristalinos y contar la historia a pesar de que muchos de sus conocidos y familiares perdieron la vida en esa guerra sin fin, lugares que parecen infrahumanos o bueno así lo estigmatizó la sociedad, porqué hoy sigue siendo con lo que la naturaleza lo identifica: un verdadero paraíso escondido en medio de la selva y cuyos habitantes desean reivindicarlo como zona turísticas naturales. Son estos contrastes entre la belleza de la naturaleza y la violencia a la que ha estado abocado el país, la que ahora he empezado a conocer, una historia que sucedió cuando yo aun no existía pero que afectó a muchos colombianos.

(*) Edición: Ramiro Guzmán Arteaga

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