Por estos días es fácil ver la forma en la que los turistas regresan a sus lugares de origen cargados de representaciones e imágenes de la vida cotidiana Caribe. Mateo Pérez Raigosa, un paisa radicado en Australia, nos comparte un testimonio sobre su paso por el Sinú y Barranquilla

 

MONTERIA/

Quisiera inmensamente agradecerles por su hospitalidad e infinita bondad conmigo. Venía a Colombia a recuperar mis raíces, mis creencias y mi alegría, venía a colombianizarme después de algunos difíciles años. Quería redescubrir mi país y volver a enamorarme de su gente, su cultura, y en las familias que conocí pude encontrarlo todo.

Me llevo la alegría del barranquillero, la Salsa de La Troja y la cultura a cielo abierto del Barrio Abajo, con su oralidad e historia del carnaval de Barranquilla.

Me llevo la espontaneidad y hospitalidad del monteriano y el sinuano, los recuerdos de su Avenida Primera, del parque lineal y sus edificaciones cargadas de historia, del hotel Panzenú y la anécdota de cuando en él se hospedó Pedro Vargas, “El Tenor de América”, quien ante la interrupción del suministro de agua en Montería, se fue a bañar, totuma en mano, a orillas del Sinú.

Van conmigo los recuerdos de los campaneros, del Bajo Sinú, de su hablar cantadito y despacito. Con la dulzura del jugo e’ corozo, los caimitos, el níspero, la guayaba y el zapote.

Me llevo la delicia de la butifarra y el guandul barranquillero, del bocachico sinuano; del mote e´queso, la caribañola, el cayeye, el patacón con queso, las empanadas y los quibbes con suero picante.

Llevo conmigo la imagen del maestro del primitivismo sinuano Marcial Alegría, su llamado para que la casa de la cultura se construya en su San Sebastián natal, a orilla de la Ciénaga Grande del Bajo Sinú. Me acompaña su historia maravillosa, contada de sus propios labios, y sus cuadros de colores primarios, con trazos y alma de niño.

Volveré, volveré para poder ir a un juego de los Vaqueros de Montería, tomar jugo de badea, pescar en el río, ir a una verbena y a un “picó” en Barranquilla; para subir al Alto Sinú y dormir en un tambo con los Embera Katíos.

Volveré, volveré para devolverle el apodo que medió de “Jumanji” a Mario, compartir más momentos con ustedes y tomar un café con la señora Emilse Arteaga, quien con la ternura de su mirar nunca me hizo sentir extraño en Villa Manuela, en el Bajo Sinú. A Roger, el bebé de la casa, mil gracias por su confianza y por abrirme las puertas de su hogar, testimonio de la hospitalidad costeña.

Dejo un pedacito de mi ser a orillas del Sinú, en El Campano, Lorica, lo que me hace sentir un Arteaga más, porque si usted es del Campano y no es Arteaga, entonces usted no es del Campano.

A los Guzmán Arteaga, como a los sinuanos, los que hablan despacio y tuteando, a ustedes todos les agradezco por su amor y atenciones. En fin, me regreso para Australia, amando aún más a Colombia, mi país.

¡Gracias totales!

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