Entre abrazos, juegos y aprendizajes, la Fundación Casita de los Niños lleva más de dos décadas acompañando la primera infancia en Montería. Allí, educar significa también escuchar, comprender las diferencias y sembrar en cada niño la confianza necesaria para crecer.

Niños de la Fundación Casita de los Niños durante una actividad
Los niños de la Fundación Casita de los Niños comparten una actividad durante su jornada, en un espacio donde el aprendizaje se construye entre el juego, el afecto y el acompañamiento. Crédito: docente de la fundación.

Por: Mayret Díaz Argel, Sarhay Pastrana Barroso y Mariángel Jiménez Maussa

Hay algo que los niños hacen con una facilidad que los adultos parecen olvidar con los años: volver.

Después de una discusión, vuelven. Después de un desacuerdo, vuelven. Si alguien los hizo enojar, pueden llorar, molestarse y, poco después, acercarse nuevamente. No parecen necesitar grandes explicaciones para perdonar. Tampoco parecen necesitar demasiado tiempo para demostrar cariño.

Para Dagoberto José Kerguelen González, rector y fundador de la Fundación Casita de los Niños, esa es una de las grandes lecciones que dejan los niños a los adultos.

“Los niños son los mejores maestros”, dice.

Y no lo dice desde una frase bonita. Lo dice después de 25 años frente a una institución que nació con una necesidad sencilla y profunda: ofrecer un espacio educativo para los niños pequeños de una comunidad que lo necesitaba.

Durante todo ese tiempo, Dagoberto ha visto pasar generaciones de niños por las aulas. Ha visto crecer la Fundación, enfrentar dificultades y buscar nuevas maneras de mantenerse en pie. Pero, sobre todo, ha aprendido que dirigir una institución dedicada a la primera infancia no es solamente ocupar un cargo.

“Mucho más allá de la ley, el día a día te compromete con la educación de la gente menos favorecida de nuestra ciudad”, explica.

Esa idea parece atravesar buena parte de la historia de la Fundación. Aquí la educación no se entiende únicamente como aprender letras, números o conceptos. También significa formar vínculos, enseñar a convivir, acompañar emociones y construir confianza en todos los ámbitos.

Porque cuando una familia deja allí a un niño de tres, cuatro o cinco años, no está entregando solamente una matrícula.

Está entregando su confianza.

“Cuando tú matriculas un niño en una institución educativa es porque tienes confianza en ellos”, afirma el rector.

Y esa confianza trae consigo una responsabilidad que se siente todavía más grande cuando se trabaja con niños pequeños.

Cada uno llega con una historia distinta.

Algunos encuentran dificultades para relacionarse. Otros necesitan más tiempo para adaptarse. Hay quienes expresan fácilmente lo que sienten y quienes no encuentran palabras para hacerlo.

Por eso, en la Fundación aprender a mirar es casi tan importante como enseñar.

Marianela Quiñones, psicóloga de la institución, sabe que las dificultades de un niño no siempre aparecen de manera evidente. A veces están en el silencio de quien comienza a aislarse. En la irritabilidad que antes no estaba. En un cambio en el rendimiento académico. En una conducta que parece inexplicable hasta que alguien se detiene a observarla.

Los niños no siempre dicen que necesitan ayuda.

A veces hay que aprender a escucharlos incluso cuando no hablan.

Para Marianela, uno de los principales retos está precisamente en la adaptación y la sociabilidad. Son niños pequeños que están comenzando a descubrir cómo relacionarse con los demás, cómo expresar lo que sienten y cómo compartir un espacio con personas diferentes a ellos.

Y cuando se habla de inclusión, esa diferencia se vuelve todavía mucho más importante.

“Tenemos varios autistas, pero ninguno es igual al otro ni se comportan de la misma manera y claramente no se debe trabajar igual”, explica.

La frase resume una manera de entender la inclusión que va más allá de compartir un salón. No basta con que todos estén en el mismo lugar. También hay que aprender a conocer a cada niño y encontrar la forma adecuada de acompañarlo.

Porque una condición no cuenta toda la historia de una persona.

Cada niño tiene una manera particular de comunicarse, de aprender, de relacionarse y de expresar sus emociones.

Eso exige paciencia, También exige preparación Y, sobre todo, exige disposición para mirar al niño antes que a la etiqueta.

En las aulas, esa tarea toma otra forma. Daniela Paternina Bertel lleva cinco años como docente en la Fundación y ha descubierto que enseñar en la primera infancia tiene una recompensa que no aparece en los libros de texto y hablando de textos ellos mismo los hacen, que gran trabajo y es donde se nota el compromiso y esfuerzo que tiene la fundación.

Los abrazos, Las muestras de cariño, Los avances que llegan después de semanas o meses de trabajo, La confianza que se construye poco a poco, Para ella, enseñar también es un acto de amor.

Cada niño tiene un ritmo diferente y, por eso, una misma estrategia no siempre funciona para todos. A veces hay que cambiar la manera de explicar. Otras veces hay que buscar otra actividad. En ocasiones, lo más importante es simplemente esperar.

Daniela recuerda especialmente a un niño con dificultades de aprendizaje que, al principio, tuvo problemas para adaptarse a ella como docente. No fue inmediato. La confianza tuvo que construirse poco a poco eso llevo a que Daniela tuviera uno de los retos como profesional más duros.

Hasta que un día ocurrió algo que para ella terminó confirmando aquello que ya intuía: el vínculo también educa.

El niño llegó a verla como una figura de confianza y prefería permanecer con ella.

Para cualquiera que observe desde afuera podría parecer solamente una relación cercana entre una docente y un estudiante. Para Daniela, fue una muestra de que antes de pedirle a un niño que aprenda, muchas veces hay que conseguir que se sienta seguro.

La educación comienza también ahí.

En sentirse acompañado en saber que alguien está dispuesto a intentarlo nuevamente. en descubrir que equivocarse no significa fracasar y quizás por eso los niños terminan enseñando tanto a quienes trabajan con ellos.

Daniela habla de su amor sincero, de su transparencia y de esa capacidad de perdonar rápidamente. Marianela los llama “cajitas de sorpresas”, porque cada día pueden aparecer con una pregunta inesperada, una reacción diferente o una forma nueva de mirar las cosas.

Dagoberto, después de tantos años, coincide en algo parecido: los niños tienen una manera de relacionarse que muchas veces los adultos pierden.

Se acercan, Abrazan, Perdonan, Vuelven.

Mientras los adultos acumulan rencores, ellos parecen encontrar caminos más sencillos para regresar al otro.

Tal vez por eso la primera infancia sea también una etapa en la que educar a un niño significa, sin darse cuenta, aprender de él.

Pero no todas las historias que han pasado por la Fundación han sido sencillas.

Entre las experiencias que más recuerda Dagoberto está la de un niño que tuvo que enfrentar importantes dificultades de salud y pasó por 16 cirugías en el cerebro. Permaneció cuatro años en la institución.

Cuatro años en los que pudo compartir con sus compañeros, hacer deporte, caminar junto a su profesor, visitar animales y hacer poesía.

La historia no se cuenta solamente desde la dificultad médica.

Se cuenta desde todo lo que ese niño pudo vivir.

Desde las experiencias que logró compartir.

Desde los vínculos que construyó.

Desde una infancia que, a pesar de las circunstancias, encontró un espacio para ser vivida.

“Fueron cuatro años que ese niño nos hizo felices a nosotros y nosotros le hicimos felices a él.”

Quizás pocas frases expliquen mejor lo que significa acompañar Porque la relación no ocurre en una sola dirección.

La Fundación enseña a los niños, pero los niños también dejan algo en quienes trabajan allí.

una enseñanza, un recuerdo, una forma distinta de mirar, una historia que permanece.

La responsabilidad de trabajar con la infancia también implica tomar decisiones difíciles. Dagoberto reconoce que una de las más dolorosas es retirar a un niño de la institución. Antes de llegar a ese punto, explica, se buscan alternativas y se conversa con las familias, los docentes y la psicóloga.

No es una decisión tomada a la ligera.

Porque detrás de cada niño hay una familia y detrás de cada familia existe una historia.

Ese acompañamiento familiar también hace parte del trabajo de la Fundación. La educación no termina en el aula. La seguridad y la autoestima comienzan a construirse desde el hogar y encuentran en la institución otro espacio para fortalecerse.

Por eso, acompañar a un niño implica también acercarse a quienes están detrás de él.

Padres.

Madres.

Cuidadores.

Docentes.

Profesionales.

Todos forman parte de una misma red.

Una red que, sin embargo, debe trabajar en medio de dificultades económicas y de la necesidad permanente de conseguir recursos para sostener y mejorar la institución.

A pesar de ello, la meta de Dagoberto no es convertir la Fundación en una institución cada vez más grande.

Su aspiración es ofrecer educación de calidad.

La mirada hacia el futuro incluye proyectos relacionados con el medio ambiente, la energía solar, el aprendizaje del inglés y la adaptación de los espacios a las nuevas condiciones climáticas.

Son proyectos que hablan de una institución que intenta pensar más allá del presente.

Pero la historia de Casita de los Niños comenzó mucho antes de pensar en el futuro.

Comenzó cuando alguien decidió que una necesidad de la comunidad podía convertirse en una oportunidad.

“No hay que ser tan grande en el mundo para aportarle a la sociedad, simplemente cosas pequeñas”, dice Dagoberto.

Tal vez esa frase explique mejor que cualquier cifra lo que ha ocurrido durante estos años.

Porque transformar una vida no siempre significa hacer algo extraordinario.

A veces significa abrir una puerta.

Escuchar, enseñar, esperar, abrazar.

Dar otra oportunidad.

O simplemente estar allí cuando un niño necesita que alguien esté.

Después de más de dos décadas, alrededor de un centenar de niños hacen parte de una institución que sigue buscando maneras de crecer sin perder aquello que le dio origen: el compromiso con su comunidad.

Y en ese camino, Cleris Mabel Cadavid Velásquez, coordinadora pedagógica, ha acompañado durante años el desarrollo de los procesos de la Fundación. Su experiencia forma parte de esa historia silenciosa que se construye detrás de cada actividad, cada decisión y cada jornada.

Son muchos los adultos que hacen posible que la rutina continúe.

Pero al final, todo vuelve a los niños.

A sus voces, a sus juegos a sus preguntas, a sus formas inesperadas de enseñar.

Quizá por eso la infancia se parece tanto a una semilla.

No se puede ver de inmediato todo lo que llegará a ser.

Hay que cuidarla.

Darle tiempo, protegerla, acompañarla, y confiar.

Las raíces crecen debajo de la tierra antes de que alguien pueda ver el árbol.

Con los niños ocurre algo parecido. Muchas de las cosas que marcarán su vida comienzan a construirse en estos primeros años: la confianza, la autoestima, la manera de relacionarse, la capacidad de expresar emociones y la forma de comprender que ser diferente no significa estar solo.

En la Casita de los Niños, esas raíces se alimentan todos los días.

No siempre con grandes acontecimientos.

A veces con algo mucho más pequeño.

Una actividad, una palabra, una sonrisa, un abrazo, un niño que vuelve a intentarlo.

Y mientras ellos crecen, quienes los acompañan también reciben algo a cambio.

Porque quizás esa sea la enseñanza que atraviesa toda esta historia: que educar a un niño no consiste únicamente en prepararlo para el futuro.

También consiste en recordarle a los adultos cómo mirar el presente.

Los niños perdonan, los niños preguntan, los niños abrazan, los niños vuelven.

Y en una sociedad que muchas veces parece olvidar la importancia de detenerse, escuchar y cuidar, ellos terminan siendo, como dice Dagoberto, los mejores maestros.

La Fundación Casita de los Niños lleva más de dos décadas sembrando.

Quizá todavía no pueda verse todo lo que crecerá de esas semillas.

Pero cada niño que aprende, cada familia que encuentra acompañamiento y cada historia que deja una huella demuestra que algunas transformaciones comienzan de una manera muy sencilla: cuando alguien decide creer que una pequeña acción puede cambiar una vida.

Y entonces se entiende que no hace falta ser grande para transformar el mundo.

A veces basta con cuidar una pequeña raíz.

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Docente Editor: Ramiro Guzmán Arteaga.

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